Caprichos del antidestino

André Malraux ante las fotos de su libro «Les Voix du Silence» en el que desarrolla su famoso "museo imaginario", el museo compuesto por las imágenes de todas las obras de arte fotografiables.

Las Moiras, diosas griegas del destino, hijas de la Noche y nietas del Chaos, asignan los hilos de la suerte a los recién nacidos, luego los urden/tejen/ganchillan/calcetan y, además, deciden cuando cortarlos. Villanas mitológicas y personajes potencialmente fatales donde los haya, usan sus poderes tricotizantes para atar de pies y manos a los mortales ricos, a los mortales pobres y a los propios dioses inmortales.

¿Existe alguna forma de escapar a su fatalidad? A lo mejor la canción “Indian love call” podría hacer explotar sus cerebros como en Mars Attacks!, aunque quizás exista un camino más fácil de encontrar en cualquier emisor/a del globo: el camino de baldosas no amarillas que nos lleva al encuentro de nuestro anti-destino.

André Malraux (1901-1976) desgrana a lo largo de sus obras dedicadas a la reflexión sobre arte (Las voces del Silencio, El Museo Imaginario…) la tesis que libera a la humanidad de lo fatal, para hacerla sucumbir en otros órdenes:

Cada una de las obras maestras es una purificación del mundo, pero su enseñanza común es la de la existencia, y la victoria de cada artista sobre su servidumbre converge en un enorme despliegue, el del arte sobre el destino de la humanidad. El arte es un anti-destino.

(Las Voces del Silencio, André Malraux)

La obra del artista es su victoria sobre la fatalidad, un rescate de la muerte.

(La Metamorfosis de los Dioses, André Malraux)

Lejos de pretender analizar las teorías de Malraux,  me recuerdan a un deseo veinteañero y una anécdota infantil relacionadas con la música, que expongo como experiencia empírica. El deseo era el de vivir en/dentro de una pieza de Debussy (AfxTwin o Brad Meldauh, da igual): habitar el paisaje, respirar los ritmos, materializarme en su interior materializado, estar dentro. La anécdota infantil es que cuando mis padres no estaban en casa,  me encerraba en el salón para escuchar a Tchaikovsky, colocaba los bafles- torre de 1mtr de altura uno en frente del otro y me tumbaba en medio, con un bafle a cada lado de la cabeza, como si fueran auriculares gigantes; todo ello para que no quedase ni un sólo milímetro de mi contexto sin ocupar por el Lago de los Cisnes, que escuchaba en repeat.

Ahora, se me ocurre que cuando ponía un bafle en frente del otro, en realidad y sin saberlo, lo que hacía era crear esa puerta de entrada, secreta y doméstica, hacia algo (gigante o ínfimo, da igual) a lo que sólo se accede por los sentidos: nuestros hilos, el rescate de la muerte, el anti-destino colectivo.

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